“Ejecutado” de José Aurelio Martín R. XVIII Maratón de Monólogos (C.Bellas Artes. Madrid. 2014)

EJECUTADO

 Un hombre digno en un espacio vacío. No hace falta más que un cuerpo golpeado, una voz angustiada y una conciencia humillada desencadenándose. El escenario es quizá su conciencia: negra o vacía.

Soy un ejecutado. El tiro de gracia fue una mañana de noviembre. Tuvieron la delicadeza de avisarme con quince días de antelación para recoger mis enseres. Los ejecutores serían el cerrajero, un representante del banco y una pareja de policías. El tiro sería en la cabeza, la bala entraría destrozando el cerebro. Es la manera más rápida de ejecutar a una persona: apuntando a la cabeza. El trámite previo a la ejecución fue diligente. Se estudió el caso con la atención necesaria para no perder el tiempo. En estos casos más que nunca el tiempo es dinero y quema, así que se estudió el caso con la fiebre de que no había otra solución posible. Pensar en alternativas es dejarse quemar por un tiempo sin rentabilidad. La paciencia es pérdida, la capacidad   de resolución es dinero. Presenté papeles, cartas de recomendación, partida de nacimiento, fotocopia del libro de familia, pero en la ventanilla fueron desestimadas por no ajustarse a procedimiento. Hablé, o intenté hablar, con el director del tribunal que me iba a sentenciar. Fue en vano. Me lo impidieron. Mis pataleos fueron reducidos por un vigilante de la ley y el orden que me ensangrentó la cara con la culata de su arma reglamentaria. Me curé las heridas con el vuelto del puño de la camisa: un hombre no es digno si sangra. Pero la humillación es incurable, no hay vuelto de camisa, ni vendas, ni sábanas que puedan absorber el manantío de sangre de la humillación pública. Era una hombre despojado, con la cabeza hundida, arrastrado. Se abría un tiempo nuevo para mí, el tiempo vaciado de contenido, el tiempo como un puente hacia la muerte. El reloj de pulsera se para, las horas se mezclan, los días y las noches se borran. También los hábitos propiamente humanos desaparecen, son mera inercia. Comes no porque el hambre te apremie, sino por un reflejo de la voluntad. Duermes por una exigencia de la especie, que ha dejado a fuego sus huellas. Tampoco importa si te vistes o vas desnudo, el frío y el calor son  recuerdos de haber estado vivo. No hay esperanza posible para el que sabe, el que de verdad interiormente sabe, que va a ser ejecutado. Los ánimos de los compañeros que no van a ser ejecutados ayudan a torcer la boca en hábito, o inercia humana, de sonrisa. Nada más. Otros compañeros ejecutados, que también como tú saben que la ejecución es irremediable, no hablan, te miran de frente, no buscan comprensión, han adoptado la mirada fría de la muerte. No hay indulto de última hora, eso pasaba antes. Todavía antes al poderoso le gustaba jugar con el azar, había mucho de juego en el ejercicio del poder. Hoy todo se ha reducido a la matemática exacta de la cifra. Dos y dos son cuatro. A  la relación fuertemente complementaria de yo te presto y tú me debes. Eso es así y el mundo trabaja porque sea así y  ni el azar ni los hombres ni la humanidad podrán cambiarlo. Así que yo te presto tiene la implicación sagrada de yo te debo, igual da si lo prestado fue para vivir, o intentar vivir, dignamente o para la especulación asesina o para la guerra injusta. No hay noches en la espera, hay un pensamiento mantenido, fijado ya para siempre, que ni mira al pasado, -el recuerdo necesita un calor mínimamente humano-, ni al futuro, -que se ha arrancado de la mata. Es un pensamiento mantenido en la cuerda floja del presente, casi ya eterno. El presente eterno será la muerte. Llegó aquella mañana fría de noviembre, la de la ejecución, todas las ejecuciones de la historia debieron de ser frías y en noviembre. Tampoco desayuné aquella mañana, tan solo me lavé la cara para dignificar la mirada. La ropa se adhería pegajosa, no recordaba desde cuándo no me había cambiado. Prefería ser ejecutado con mis olores, lo único que casi conservaba mío. No podía sentarme y esperaba a los ejecutores paseando rutinariamente por la habitación oscurecida. Descerrajaron la puerta, los policías precedieron al verdadero ejecutor, que apuntaba  con lápiz. Tiene que abandonar la vivienda, me dijo. Es mejor que nos facilite el trabajo, me dijeron. Humillé la cabeza y me dejé conducir por el corredor de la muerte de mi pasillo.  Me temblaban las piernas y salí apoyándome en las paredes y con el hombro dejé caer una foto enmarcada. Una foto azul que me hice con un antiguo amor en una piscina con delfines de un país remoto. Chillaron cristales rotos y uno de los policías dio un puntapié, creo que sin querer,  al marco con la foto y la sacó de la casa. Cuando estaba fuera de aquel espacio de quince días de reclusión, pregunté a los ejecutores si me permitían coger la foto de los delfines. No es parte del continente inmobiliario, dijo el ejecutor mientras apuntaba con el lápiz el último desperfecto. Todo había sido limpio, como en una ejecución moderna, sin sangre, todo muy esterilizado, una ejecución sin dolor físico. Dicen que la muerte te libera, me dijo el ejecutor máximo, bien mirado hasta es una liberación. El cerrajero se despidió recordando al ejecutor máximo que  le llamara cuando quisiera, que el garrote lo tendría a su disposición cuando lo precisara. El abono de este servicio se lo hacemos directamente a su cuenta, le dijo, y el cerrajero se despidió con la complicidad del ejecutor máximo y a mí me dio una palmadita de suerte, todo saldrá bien en esta nueva vida que ahora tienes que afrontar. Ya estaba ejecutado, no había sido para tanto. Habían apuntado a la cabeza: las deudas hay que pagarlas, eres responsable de tu deuda, no haberte metido en una casa que solo querías para vivir, eres culpable, el único culpable, aquí está tu firma, ¿a que es esta tu firma?, pues eso significa que te comprometes en firme y en firma. La manera más fácil de ejecutar a una persona es dispararle a la cabeza. El ejecutor máximo me recordó que la ejecución era parcial y que llevaba aneja torturas mensuales de deuda pendiente. Cada mes vencerán las obligaciones de pago de deuda, me dijo, encuentre pronto trabajo, me aconsejo advirtiéndome. Caminé por las calles como alma en pena que busca su descanso eterno. No tenía dónde ir, no tenía dónde caerme muerto tras la ejecución. Las calles eran largas y sin sentido para un alma sin morada. El frío acuciaba por la espalda, jamás encontraría ya abrigo. Soy un ejecutado, el tiro de gracia fue aquella mañana inolvidable de noviembre, fría como debieron de ser todas las ejecuciones de la historia, desde Juana de Arco a Salvador Allende,  apuntaron a la cabeza, la manera más rápida y eficaz de acabar con una persona:  las deudas hay que pagarlas, eres responsable de tu deuda, no haberte metido en una casa que solo querías para vivir, eres culpable, el único culpable, aquí está tu firma, ¿a que es esta tu firma?

 

                                                           Jose Aurelio Martín Rodríguez