estrofalario

 

Estrofalario, VVAA. Editorial Quórum. Cádiz, 2009.

En este libro surgido de la amistad y de la vocación compartida hay inflexiones nuevas en las que merece la pena reparar,y que bien valen el esfuerzo de confrontarlas con las opiniones asentadas que puedan tener el degustador de poesía. Aciertan quienes piensan que todo está ya dicho. Pero aciertan también quienes piensan que merece la pena intentar decir las cosas de nuevo,con otra modulación,con otra voz. En eso anda empeñados los poetas aquí reunidos,y eso es lo que justifica el echo mismo de juntarlos en este Estrofalario.

José Manuel Benítez Ariza.
POEMA DE ESTROFALARIO

Victoria Rodríguez Hernández

A mi abuela, cumpliendo con un siglo

Me llamo Victoria Rodríguez
Hernández, de Ajofrín, Toledo,
la segunda de siete hermanos
y más vieja que la letanía,
del año nueve, exactamente,
antes de la guerra.
Mi marido se llamaba
Felipe, hombre bueno
y trabajador del campo
y de lo que fuera.
Me lo metieron preso
al pobrecito, nueve años,
en el penal de Ocaña.
Estaba afiliado al sindicato
y si no es por un primo suyo
a poco me lo matan.
Con mi marido preso,
me eché a cuestas mi casa
y salí a la calle
con uñas y dientes
para traer pan a mis hijos.
Buscaba por el monte
esparto, garbanzos,
lo que fuera, de seis de la mañana
a una de la tarde, y luego
a servir, limpiando corrales
y quitando mierda hasta las tantas,
y llegar después por la noche,
reventada, y calentar
siete cuerpos, mis siete hijos
como siete soles, hambrientos
y muertecitos de frio.

Algunos hijos de perra
intentaron deshonrarme,
los muy hijos de puta,
pero di un golpe en la mesa
y les dije que si tenían
cojones que se acercaran a mi casa,
que con un palo
les iba a abrir la cabeza,
los muy hijos de la gradísima

Nueve años de frío
y pan negro sin mi Felipe,
hasta que lo soltaron,
al pobrecito, un día
de Enero, más pobre
que una rata, qué lástima.
Y luego salir adelante,
todo el día trajinando,
trabajando para olvidar
lo de mi marido, lo de mi tío
muerto porque sí en el monte,
trabajando y afanando
sin permitirme una lágrima,
con mis hijos creciendo
y engordando y haciéndose
unos hombres.

La vida va pasando
y ya ha pasado por mi
a mis noventa y tantos años.
Espero el día
que el Señor quiera llevarme
por delante al cementerio.
Mis hijas que me cuidan
no me dejan ya ni moverme,
yo les digo que este verano,
salga el sol por donde salga,
daré de blanco cal mi casa.