XII Maratón de Monólogos · Gaza 2009 de José Aurelio Martín

GAZA 2009

Sala de visitas de una prisión en Gaza, habitáculo desnudo, luz industrial, de fría geometría, vigilado por cuatro militares apostados en cada esquina. Una mujer palestina irrumpe en el espacio, demorándose, triste pero digna. Se sienta en el banco, fija su mirada en un punto y dice a viva voz lo que sólo dicta el chorro de su  conciencia.

¿Quién construye las cárceles?, ¿arquitectos o ingenieros militares?…  Serán arquitectos, al fin y al cabo, son edificios. (Pausa) Pero en qué piensa un arquitecto cuando construye una cárcel, ¿en el entorno?, ¿en los habitantes?, ¿en qué piensa un arquitecto cuando diseña una celda?, ¿en la comodidad?,  ¿en la habitabilidad?, ¿o piensa inevitablemente en el castigo? (Recordando)  Nos enseñaron en la universidad  que la arquitectura tiene sentido si se hace pensando en el hombre que la habita y respeta el entorno que la circunda, ¿cómo se puede construir un espacio que nadie habitará si no es por la fuerza?, esta sala, por ejemplo, es una sala de visitas, es un espacio vacío, desnudo, aquí las personas esperan, no viven, se encuentran y hablan, pero no viven, si mis hijos pudieran hablar, tampoco podría comunicarme con ellos, este espacio nos despoja de humanidad… (En su tímida desesperación encuentra un asidero) La comida diaria que traigo a mis hijos y llena la atmósfera de olores especiados y hogareños, sí, esta comida es lo único que da sentido humano a este espacio frío y desnudo…(Una mujer, otra madre, entra humilde y pacientemente se sienta) Ella siempre viene a la misma hora, algo más tarde que yo, siempre trae comida que compra en cualquier sitio, a su hijo le gusta poco comer, está delgado, se alimenta de las oraciones y los rezos, todo lo que hace su hijo la enorgullece porque cumple con la ley sagrada,  vive sola en el campo de refugiados, su marido falleció hace unos meses, cuando viene se sienta a esperar y reza en total recogimiento,  antes vivían los tres como refugiados en el asentamiento, ahora su marido murió y su hijo está en la cárcel y ella vive sola en la tienda, no tiene a quién cocinar, por eso compra comida prefabricada… (Pausa) Es una madre buena, como yo, ¿yo fui una madre justa?, no fui contraria a la ley, estudié arquitectura para mi pueblo, no para mí, estudié en Estados Unidos para formarme bien y poder construir edificios para mi gente, pensaba que aquí hacían falta arquitectos porque hacían falta lugares habitables, casas, yo no estudié para mí, estudié para construir después de tanta destrucción, pensaba que no se podía vivir en tiendas de campaña toda la vida, hacían falta casas para llegar a la ciudad soñada, hacían falta  lugares sagrados para habitar humanamente un trozo de tierra,  me formé en Estados Unidos, sí, no me importa reconocerlo,  ellos me ofrecían las herramientas que nuestro pueblo necesitaba,  no soy menos justa o piadosa que ella por eso,   mi obsesión era construir después de tanta destrucción, así los espacios sí serían sagrados, así mi gente tendría más posibilidades, creo que no me equivoqué, la intención era recta…(Ahora,  irrumpe un recuerdo ya lejano en su  memoria herida)  Era joven cuando llegué de América,  no acabé sucumbiendo a los paraísos artificiales del imperio, era guapa y exótica en aquel país, los hombres me ofrecían todo sin yo exigirles nada,  era guapa, una mujer muy vital…,el chico aquel de Chicago era un hombre bueno quizá, sí, su padre tenía un estudio de arquitectura,  me lo ofreció todo, a lo mejor me lo ofreció todo porque no tenía nada que perder…,  si le hubiera aceptado, hoy estaríamos los dos construyendo edificios por todo el mundo,  con dinero, con prestigio, sí, era un hombre guapo y con dinero, no me arrepiento, la última vez que hablé con él estaba proyectando un hotel en Dubai,  que todavía me recordaba, que no se le olvidaban mis ojos grandes y negros, que el edificio me lo dedicaría a mí… Me volví de América formada, dispuesta a empezar, todo el mundo celebró mi regreso, mis padres nunca dudaron de mí a pesar de todo, me pusieron en contacto con la autoridad y presenté mis proyectos urbanísticos,  estaba entusiasmada, visitaba espacios, veía posibilidades,  proyectaba en mi cabeza miles de planos de casas diferentes,  nunca había tiempo suficiente para hacer cosas pero me sentía poderosa,  no veía obstáculos, era todo un impulsarme hacia delante, un camino hacia el futuro…(Pausa) Hasta que me encargaron mi primer y último trabajo: un búnker…, sí, un espacio defensivo, una construcción que cobraba sentido cuando el espacio habitado estaba amenazado de destrucción, un espacio de transición entre lo habitable y lo deshabitado, entre la vida y la muerte…, un espacio que además sólo podían pagar unos pocos, que sólo salvaría a muy pocos de la destrucción segura de un bombardeo,  mientras  en los campos de refugiados nuestra gente sería eliminada  con la gloria solo de ser  escudos humanos…, hice el trabajo sí, no creía en eso pero lo hice, me justifiqué a mí misma diciéndome que de alguna manera tendría que empezar,  proyecté un cubo con materiales resistentes, frío arquitectónicamente pero con todas las comodidades, agua caliente, frigoríficos y hasta conexión a Internet…, me di cuenta enseguida de que no había construido nada, de que eso era un no espacio que nunca sería habitado por nadie salvo por los que huyeran amenazados de  muerte. Ese no era el camino que yo soñaba, abandoné,  cuando le expliqué a mi padre las razones, me entendió y con lágrimas en los ojos me dijo: “siéntete dichosa, hija, al menos ese búnker salvará muchas vidas de la destrucción”… Como ella (señalando a la otra mujer), como todas las mujeres, pensé que la única construcción de algo posible sería dar vida, hacer crecer. Tuve dos hijos gemelos, eso me alentó a seguir, hacer nacer y hacer crecer. Nacieron sordos, lo interpreté como un designio del creador y eso me sirvió para seguir. Cuando aprendí el lenguaje de sordos, al mismo tiempo que mis niños, me di cuenta de que el hombre necesita, con lo que sea, crear sentido, hacerse entender y que le entiendan, traté de dar a mis hijos una educación conforme con la ley sagrada, sin que ello significara perder el sentido común humano,  es difícil, lo entiendo, no dejarse arrastrar por la sinrazón cuando todo alrededor no tiene sentido y es injusto, es muy difícil no dejarse seducir por el sacrificio,  entiendo al hijo de aquella madre, me asusta pensar que le entienda. Cuando te cerca la destrucción todos los días, cuando te sientes acorralado, cuando no te queda nada porque todo te lo han quitado,  el único sentido posible es no dejarse matar y ofrecer tu vida para recobrar el sentido. Lo entendía y lo sigo entendiendo, pero con mis hijos no.  Los eduqué conforme a la ley sagrada pero no hasta el sacrificio, acepto los designios del creador pero me quiero sobreponer a la muerte,  no interpreto lo que nos ha pasado como un castigo, prefiero pensar en la equivocación de los hombres, aquellos militares se equivocaron en su decisión, dispararon equivocadamente, no sabían que eran sordos, se saltaron el control porque no oyeron la orden de los militares,  los dispararon porque no sabían que eran sordos, pero ¿si hubieran sido como ellos, israelíes, también habrían disparado?, (el dolor humaniza al personaje sin hacerle perder la dignidad) No lo sé, también habrían disparado, probablemente,   necesito creer que también habrían disparado a su gente si se hubieran saltado el control,  necesito creer que también hubieran quedado paralíticos como mis hijos, necesito creer que también hubieran sido encerrados, como mis hijos, en esta cárcel, por desobedecer a la autoridad, necesito creer que también sus madres les hubieran llevado comida todos los días y, como yo, les hubiera alimentado sonriendo para que no se hubieran muerto de hambre o de pena….sí, necesito creer (vuelve a su posición de inicio, triste pero digna mientras espera que traigan a sus hijos para alimentarlos de nuevo).

Jose Aurelio Martín Rodríguez